Tenemos Ángel

IsraelMR, una crónica desde el Ángel de la Independencia en el triunfo de México contra Chequia. La multitud y la celebración de un pueblo.

PUNTO DE VISTARTE

IsarelMR

6/27/20263 min read

Wet brick pavement reflecting streetlights at night

Voló y cayó. Tanto todo. Tanta felicidad, sonrisas, travesuras y mucha pasión. Yo la vi preparar su despegue y volar; cerrar los ojos al momento del impulso y sonreír. La vi sonreír desde lo más profundo, hasta lo más terrenal.

Cambié la mirada y no importó la dirección, ahí había demasiada vida para dejarla pasar. A todos ellos sólo les faltaba el pretexto que un triunfo les regaló. Por un rato fueron niños jugando, gritando y soñando. Una botella aquí y otra allá, y mentadas. No faltó alguno que, destanteado entre el alcohol y la fiesta, soñara quizá un poco más de lo que su realidad le permitía para desaparecer por un rato y luego volver.

Entonces seguí a la multitud, o más bien me integré a ella y tomamos nuestro rumbo. Hubo quien cantó, quien jugó, quien saltó y en algún momento incluso hubo quien durmió. Y dentro de aquel andar errante pero consciente, tambores y trompetas, y un mariachi de fondo intentando ser protagonista y logrando tan sólo ser música de fondo entre aquella multitud jocosa. Y por qué no, Timbiriche de la mano del Electro. Vaya algarabía con su ímpetu y su ruido enorme. Disperso.

Avanzamos por la avenida a paso de hormiga y con el palpitar al vilo. Charcos me recordaron el lago original con sus chinampas y sus caminos. Avanzamos apachurrados. Juntos cabíamos más. Y espuma. Tormentas de espuma sonriente. El andar comenzó a ser tumultuoso y vi a más de un caído, no por embriaguez, sino por júbilo. No por incompetencia alcohólica, sino por el éxtasis del momento. No paramos.

Gritos y cantos como si fuera la última oportunidad para ensordecer, ruido como si fuera un participante más. Y el agua que se convirtió en un pretexto más que ofreció el chapuzón, y el chapuzón se convirtió en una guerra campal. La mugre destelló entre sonrisas. Saltos allá y matraca.

Y de repente, hasta “La Chona” se puso a pelear con …el chile nacional. Vaya desfile más inimaginable. Un mundo de verdad con una felicidad que, más que un disfraz era el traje de gala. Uno a la medida.

Y sin más, a la víbora, víbora, de la mar…

Banderas volaron con el viento y anduvieron impregnadas en los atuendos y rostros. Al fondo, una de ellas andaba como si fuera la más. Se presentaba con un porte tan grande, tan de corazón. Y segundos después un niño en hombros, sombrero grande, edad pequeña y sonrisa enorme, que se le antojó festejar una independencia individual que, entre todos, resultó cautivante. Y bebidas iluminadas e iluminantes.

Para cuando me di cuenta, entrar había sido fácil, pero salir sería imposible. Entonces me quedé…

Viví un collage que lo pegó todo con la precisión de un pueblo. Trajes típicos vivieron entre atuendos coquetos, diseños exuberantes y uno que otro más enmugrecido de lo que se podría esperar. Ropas de privilegio y otras de adversidad formaron una vitrina unida como pocas. Clases disipadas entre la alegría y el pretexto bien aprovechado. La gente conviviendo con su tierra, formando parte de ella.

Vi a tantos y quizá a tan pocos. Sin males, sin riñas, sin problemas, sólo éxtasis puro. Quizá el andar en torno al ángel no estaba formado de empujones, sino de abrazos. De unión por algo que vale la pena por el simple hecho de dar felicidad. Todos ahí como si darle vida al concreto fuera una obligación o una necesidad.

Creo que los mexicanos tuvimos ángel…

Nos estamos leyendo...