El otro partido

IsraelMR desde el Ángel de la Independencia durante el Mundial 2026. Una despedida digna: crónica del orgullo de un pueblo que convirtió el fútbol en fiesta, hermandad y encuentro.

PUNTO DE VISTARTE

IsraelMR

7/6/20262 min read

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Firma de IsraelMR, escritor mexicano
Firma de IsraelMR, escritor mexicano

Aún siento el palpitar de Reforma sacudiendo mi corazón. Incluso desde antes de llegar a la cita, desde lejos, se apreciaba un ruido monumental, una euforia. Aún vibra mi cuerpo con el paso de miles que, a pasos, convirtieron lo común en una enfermedad crónica y contagiosa. Y aún me muevo en ese oleaje capaz de inundarlo todo y transformarlo.

Yo los vi, yo los viví. Los vi perder la razón y caer en el éxtasis. Géneros, razas, edades; nada importó, a todos los vi compartiendo una historia a gritos y entre gritos, y por instantes, incluso los vi explotar de júbilo. Cada uno con un sueño, cada sueño con un motivo, y al final la esperanza.

Ángel, bandera y pasión. Todo para su pueblo.

Tan sólo un tiempo bastó para que México se desbordara en sus mejores cualidades. Amistad, fiesta y fervor se convirtieron en el estandarte del éxtasis. Y el mundo lo notó porque lo que es real no se puede ocultar.

Pero ese nivel de euforia y fraternidad no se explica, se siente. Se vive en torno a esas lágrimas de felicidad contenida que efervescen y alrededor de ese vibrar que, sin definirse, se contagia y se disfruta. Existe entre las personas y se comparte, se abraza, se vuela, se sonríe y se canta.

Vivimos en el desborde y al filo. Imposible parar, imposible no sentir, imposible no pertenecer. El mundo nos observó con envidia. De la nada un país se convirtió en su pueblo con su gente, sus gritos, su entusiasmo y su amistad, y así, le dimos vida de nuevo a un himno con la capacidad de cimbrar la tierra, a tres colores que brillan en las miradas y a nuestra águila, serpiente y nopal.

Fuimos capaces de entendernos y de luchar en plural. No había voz que aguantara, ni saltos que fueran suficientes. Lo disfrutamos, vaya que lo disfrutamos. Se gritó porque no se podía explotar, pero en realidad se estalló. Cada latido se convirtió en un estruendo vibrante, en una bomba más. Nuestra expectativa fue capaz de envolverlo todo, alargar lo intenso y vivir al filo. Por un tiempo vivimos al límite sobre aquello que éramos capaces de contener. Fuimos porque nos entendimos.

Hoy volteo al recuerdo y entiendo que tuve el privilegio de estar ahí y de vivir intensamente. No pude haber estado en un mejor lugar. Ahí, donde el gol salió del pecho para integrarse en mi mente y mi corazón. Donde las bienvenidas me las dio el mariachi, la cumbia y el chúntaro style, y donde las miradas brillaban envueltas en pasión.

Tal vez ahora nos toca aprender a abrazarnos más fuerte y reconocer todo lo que un pueblo fue capaz de hacer a partir de un pretexto que fue increíble, el futbol; y entender que podemos hacer más. En todo este tiempo, el mariachi jamás dejó de sonar y la selección nunca paró de intentar. Hemos dado un papel como pocos y también hemos regalado una infinidad de instantes para recordar. Ya sabíamos festejarle a la muerte, ahora a festejarle a esta nueva vida y a luchar todos juntos.

Y el ángel al fondo, siempre esperando nuestros triunfos y nuestros fracasos. Siempre testigo del amor de un pueblo y de su dolor. Siempre al filo del corazón.

Espero pronto nos podamos volver a encontrar.

Quizá yo viví más de un partido.

Nos leemos pronto...

El Ángel de la Independencia durante la celebración del Mundial 2026, con una pantalla mos
El Ángel de la Independencia durante la celebración del Mundial 2026, con una pantalla mos