
El juego de los dioses
IsraelMR reflexiona sobre el fútbol mexicano como eco del juego de pelota mesoamericano. Una mirada a la pasión deportiva como memoria cultural ancestral, más allá del Mundial.
HISTORIAS DE UN ESCRITOR
IsraelMR
7/10/20263 min read


Desde el ocaso hasta el amanecer su cuerpo permaneció con un profundo estremecimiento. La noche anduvo lenta, quizá más cauta que en otras ocasiones. Afuera, el despertar del cosmos no dejaba de jugar con el sonido de lo vivo, mientras que en aquella choza su corazón palpitaba con tiento. Aquella esfera habría de definir su destino.
El mundo no era como después, en aquel entonces la vida y la muerte se enfrentaban en una realidad que tenía la posibilidad de cambiar el devenir del cosmos. Esa noche le resultaba claro que su destreza con aquella apelmazada bola escribiría el sentido de muchas cosas, dentro de ellas su existencia.
Hubo una época en la que un juego definía el papel del universo. El corazón rodaba por el viento para ajustarlo todo, para equilibrar la realidad y mejorar el mundo. Una anotación hacía la diferencia para todos.
En aquella noche, él entendió que no sabía todo lo necesario, quizá sólo lo suficiente. Descubrió que hay noches que se acompañan de escalofríos espesos. El susurro del viento envolvió sus poros y pequeñas gotas de angustia se presentaron como las compañeras de la carga que reconoció ante él. A ojos cerrados, su mente comenzó a revolotear entre el enmarañado de posibilidades. El resultado no dependía sólo de él, parecía que el universo requería de alinearse correctamente, todo a un resultado, todo hacia un fin. Descansar parecía ser la alternativa más leal, pero esquiva. No estaría sólo, pero cuando la responsabilidad del cosmos se acerca tanto al humano, todo pierde su dimensión.
El viento ululaba intentando describir los movimientos que lo harían ganar, mientras el golpeteo de las hojas desentonaba su cuerpo para distraerlo. En un pestañeo se encontró a la mitad de aquella explanada terrosa y polvorienta. El sol lo envolvía con un fulgor desgarrador. Dos anillos contrapuestos y a lo alto, como ornamentos sobre los que se describiría el futuro de toda la nación. Un juego para definirlo todo, para detallar el futuro y desdoblar la existencia. Su visión sobre aquello se encontraba cargada de responsabilidad. Demasiado para un simple mortal.
Esa es la historia que corre por las venas del mexicano. Una en la que el todo se juega a partir de una esfera celeste y terrenal. Aprendimos que hay juegos que no son una simple aplicación de reglas en un espacio y que, en nuestro mundo, además de la disciplina y la entrega existe un algo que va más allá del duelo. El juego se vive mientras la bola está girando, se siente a cada pase, en cada toque. La pasión del futbol en México quizá no es resultado del simple entretenimiento o una mera distracción, quizá es un momento que sirve como chispa para encender un recuerdo cultural ancestral. El espectador participa del júbilo entendiendo que su papel en el mundo también está escrito en la cancha. El ruido, su herramienta de vida, su forma de ofrecer el aliento necesario, su mecanismo de energía vital.
El pasado de México jamás desapareció, su pasado se fusionó a su realidad y, con el paso del tiempo, evolucionó para adaptarse a “lo moderno”. Hoy el balón se juega en la cancha, pero se vive en la tribuna. El verde, blanco y rojo adorna la ciudad como si la ceremonia estuviera escrita con reglas claras e invisibles. La algarabía existe y se contagia, y por momentos parece que el devenir de todo radica en el marcador.
Es cierto que en el país ocurren muchas cosas, dolores y pesares conviven con el mexicano a cada momento. La fatiga social se vive y se siente. Pero, si tan sólo fuera todo como alguna vez fue, el esférico giraría en vuelo, y el espectador esperaría impaciente que todo se conjugara. Y en el momento preciso, todo estaría ahí. Vida y muerte, día y noche, oscuridad perpetua y orden natural, sueño y delirio.
Nos leemos pronto...



